martes, 7 de julio de 2009

Asesino

La navaja quitaba facilmente la espuma para rasurar a un rostro inexpresivo, a un rostro meditabundo y cansado. El joven dueño de ese rostro de facciones infantiles, de cabello largo negro; él se cepillo los dientes, después, el enjuague bucal, tenía una cita, una cita con la muerte.

Esa y muchas otras noches anteriores acudía a citas con ella, la muerte y él eran aliados, marcaban con rojo el destino de otros; tenía que ir presentable, siempre iba presentable.

Después de su proceso de limpieza se dirigió a su habitación, eligió cuidadosamente su ropa, un pantalón negro, una camisa verde bien planchada, sus botas negras bien boleadas y un saco casual negro; afuera, en la calle llovía.

Aún desnudo, encendió un cigarrillo y se sirvió una copa de vino tinto, cosecha del 99 de la zona de la Rioja, España y comenzó a vestirse, con su semblante serio, se puso los pantalones ciñendoselos con un cinto negro de piel, se calzó las botas, se abotonó cuidadosamente la camisa, cuidando cada detalle de su apariencia, otro cigarro y otra copa de vino, metió las llaves de su casa y algunas monedas a los bolsillos de su pantalón, sobre su camisa verde, colocó la funda de su .45, enfundó su arma, se agarró el largo cabello negro con una liga y se acomodó el saco por encima de su pistola para que no se le viera, se miró por última vez al espejo, el último sorbo a la copa de vino, la última fumada a su cigarrillo y salió, cerrando su departamento con llave.

Caminó por la calle mojada, entre las gotas de lluvia, entre las sombrillas que su alrededor se movían, entre os autos que iban y venían en su loco frenesí. Se dirigió ante la puerta de una taberna, a la cual accedió sin dudar, durante semanas había observado y seguido a su víctima, la cual ya debería estar adentro; al día siguiente tendría una cuantiosa suma de dinero en su cuenta; caminó hasta la barra del bar, pidió una copa de vino tinto, al extremo de la barra se encontraba ya su cita, acompañado solo por un compañero; prendió un cigarrillo y esperó pacientemente, dando unos sorbos a su copa. En unos minutos el acompañante de su víctima se levantó al baño, dejándolo solo, el joven de cabello largo apuró la copa, dejando unos billetes sobre la barra pagándole al cantinero, se acercó al sujeto por la espalda cuando éste bebía de su vaso y descargo dos disparos a la cabeza, él, tranquilamente, salió de la cantina entre los gritos y el caos, para dirigirse nuevamente a la calle mojada, a caminar entre las gotas de lluvia, entre las sombrillas que a su alrededor se movían, entre los autos que iban y venían en su loco frenesí, a lo lejos se escuchaban las sirenas.